San Simón de Rojas nació el 28 de octubre de 1552 en Valladolid, en el seno de una familia acomodada que le transmitió una fe profunda desde su infancia. Desde sus primeros años, percibió con claridad que su vida debía entregarse a Dios, sin un momento concreto de “revelación” sino como fruto natural de su relación con la fe. A los 14 años ingresó en el convento de los Trinitarios de Valladolid, aun sin tener la edad canónica para el noviciado, y a los 16 comenzó oficialmente su formación religiosa. Finalmente, con 20 años, profesó de manera solemne y perpetua en la Orden Trinitaria, dando inicio a un camino de entrega que marcaría la historia religiosa de la España del Siglo de Oro.
Formación y primeros pasos en la orden trinitaria
Tras su profesión, San Simón de Rojas se trasladó a Salamanca para estudiar filosofía y teología, formándose en la prestigiosa universidad de esta ciudad entre 1572 y 1579. Ordenado sacerdote en 1577, con 25 años, se dedicó intensamente a los estudios sagrados, completando su formación académica a los 27. Aquel era un tiempo de renovaciones espirituales: figuras como Santa Teresa de Jesús ya promovían la reforma carmelitana y otros movimientos de fervor recorrían las órdenes religiosas. En este ambiente, el joven Simón de Rojas encontró inspiración para vivir con mayor intensidad su vocación, buscando la perfección en la vida conventual y el servicio a la Iglesia.
Docencia y gobierno en distintos conventos
Con 27 años, fue nombrado profesor de humanidades para los frailes trinitarios en Toledo, donde permaneció ocho años. Su sabiduría, su prudencia y su santidad llamaron la atención de la orden, llevándolo a ejercer cargos de superior en diversos conventos: Cuéllar, Talavera de la Reina, Cuenca, Ciudad Rodrigo, Medina del Campo, Madrid y Valladolid. Además, fue designado visitador de las provincias de Andalucía y Castilla, así como superior provincial de la provincia de Castilla. Durante estos viajes, predicó con pasión y autenticidad, coincidiendo en ocasiones con la estela de otros grandes evangelizadores, como San Juan de Ávila, y fortaleciendo la vida religiosa allí donde iba.
Llegada a la corte: confesor real y consejero espiritual
La fama de su santidad y consejo llegó a oídos del rey Felipe III, quien lo llamó a la corte como director espiritual y consejero. A la muerte de Felipe III, Felipe IV retuvo a San Simón de Rojas en el mismo cargo, solicitando su guía para asuntos del alma. Además, sirvió como confesor de la reina Isabel de Borbón y preceptor de los infantes don Carlos y don Fernando de Austria, lo que le abrió las puertas del Palacio Real de Madrid. En ese entorno, donde las tentaciones del poder y la vanagloria podían oscurecer la fe, San Simón se mantuvo inquebrantable en la predicación del Evangelio y la defensa de la virtud, acompañando espiritualmente a la alta nobleza.
Conexiones con grandes figuras de la época
La vida en la corte madrileña lo llevó a coincidir con personalidades del arte, la política y la literatura, como el conde-duque de Olivares, el duque de Lerma, los pintores Velázquez y Zurbarán o el escritor Lope de Vega. Pese a esta cercanía con los poderosos, su corazón permaneció humilde, recordando siempre que el auténtico servicio era a Dios y a las almas. Las tentaciones que lo acechaban, tanto espirituales como materiales, fueron combatidas con una intensa disciplina personal, ayunos, cilicios y la firme observancia de la regla trinitaria. Su espíritu penitencial, junto con su caridad, forjaron un testimonio impactante, ganándose la admiración de muchos y el respeto de quienes lo rodeaban.
El “padre ave maría” y su devoción a la virgen
Uno de los rasgos más característicos de San Simón de Rojas fue su intensa devoción mariana, hasta el punto de ser llamado “Padre Ave María”. Iniciaba sus cartas y conversaciones con la expresión “Ave María”, algo poco común en su tiempo. Rezaba el rosario con frecuencia y encontraba en la Virgen su apoyo constante, lo que marcó su carisma personal y su labor apostólica. Su amor por María se manifestó de manera especial al fundar en Madrid la congregación de esclavos del dulce nombre de María, inspirada en la humildad de la Virgen y en su fiat ante el ángel: “He aquí la esclava del Señor”.
Reformas litúrgicas y extensión del culto mariano
San Simón de Rojas introdujo la costumbre de rezar el Oficio del Dulce Nombre de María en la Orden Trinitaria, antes del rezo del Oficio Divino. Con su empeño, esta práctica fue extendiéndose a otras comunidades e incluso a sectores más amplios de la Iglesia. Promovió el rezo del Oficio Parvo de la Virgen María, alentando a sacerdotes, religiosos y fieles a profundizar en la devoción mariana. Su convicción era que, a través de la Virgen, las almas se acercaban con mayor sencillez y humildad al Señor. Este impulso renovador contribuyó a la expansión de la piedad mariana en la España del Siglo de Oro, en sintonía con otros santos de la época.
Compromiso con los pobres y valentía ante la nobleza
Pese a su cercanía con reyes y nobles, San Simón de Rojas jamás olvidó a los más necesitados. Por las calles de Madrid, muchos niños pobres lo rodeaban, atraídos por su caridad y dulzura. Les ofrecía limosnas, comida o pequeñas alegrías, y a menudo lo acompañaban hasta las puertas del Palacio Real, donde no podían entrar. Incluso cuando la reina mostró cierta incomodidad por esa “comitiva harapienta”, él defendió con valentía que el valor de todas las almas era igual ante Dios, prefiriendo servir a los mendigos antes que abandonar su labor con ellos. Del mismo modo, aprovechaba sus viajes con la corte a Aranjuez para llevar alimentos a los presos de la cárcel de Ocaña, reflejando un corazón compasivo y libre de prejuicios.
Escritos espirituales y legado intelectual
A pesar de sus múltiples ocupaciones, San Simón de Rojas encontró tiempo para escribir obras de gran profundidad espiritual. Entre ellas, destaca el “Tratado de la Oración y de sus Grandezas”, donde, influido por Santa Teresa de Jesús, expuso la relevancia de la vida de oración como eje de la existencia cristiana. Su experiencia personal se plasma en cada página, mostrando un conocimiento vivo y no meramente teórico. También compuso otros libros, como “Dictámenes de Virtus” y “Instrucciones espirituales y políticas para una reina”, dirigidas a la esposa de Luis XIII de Francia. Con estos textos, su fama trascendió las fronteras españolas, llegando a cortes extranjeras que admiraban su sabiduría y su carácter.
Última etapa y canonización
San Simón de Rojas falleció el 29 de septiembre de 1624 en Madrid, dejando un profundo pesar en la corte y en el pueblo que había recibido sus enseñanzas y su caridad. La ciudad entera se conmovió en su funeral, reconociendo la grandeza de un hombre que vivió para Dios y para los más débiles. Fue canonizado por el papa San Juan Pablo II en 1988, al culminar el Año Mariano. Así, la Iglesia confirmó la santidad de quien había sido llamado “Padre Ave María” y honró su testimonio de amor a la Virgen, su defensa de los pobres y su servicio fiel a la realeza terrena y a la divina.
Biografía de San Simón Rojas
- Lugar y fecha de nacimiento: Valladolid (España), 28 de octubre de 1552
- Lugar y fecha de muerte: Madrid (España), 29 de septiembre de 1624
- Siglo en el que vive: Segunda mitad del siglo XVI y primer tercio del siglo XVII
- Destacado: Por su intensa devoción mariana, su labor como confesor real y su atención a los más necesitados
- Patrón de: Devotos marianos y quienes promueven la caridad con los pobres
- Orden religiosa: Orden de la Santísima Trinidad (Trinitarios)
- Oración de San Simón de Rojas:
“Ave María, Señora y Madre mía, en tus manos pongo mi vida, mi fe y mi esperanza. Enséñame a amar como Tú amaste, a servir como Tú serviste, y a seguir siempre la voluntad de Dios. Amén.”

