Nuestra sociedad contemporánea se percibe cada día más fragmentada y desestructurada. Mantener la barca a flote en este mar revuelto no es sencillo. Hemos perdido los cimientos comunes, las bases firmes sobre las que construir juntos una casa habitable para todos. Observamos una peligrosa tendencia hacia la visceralidad y el sentimentalismo, a expensas de una racionalidad sólida y compartida.
La Paradoja del Ciudadano Global
El filósofo Alasdair MacIntyre identificó un problema crucial en las sociedades occidentales: el cosmopolitismo desenraizado. Aquellos que aspiran a ser ciudadanos de todas las partes y de todas las culturas terminan, paradójicamente, siendo ciudadanos de ninguna parte y de ninguna cultura.
MacIntyre argumenta que, más que nunca, necesitamos resituarnos en una tradición que:
- Defina qué es virtud y qué es vicio.
- Ofrezca normas claras de conformidad y error.
- Aporte objetivos educativos comunes.
- Garantice lo que él llama «modelos de vida humana».
La moralidad y la tradición están más intrínsecamente unidas de lo que a veces estamos dispuestos a admitir.
La Casa Común y la Verdadera Tolerancia
Vivimos en una «ensalada mixta» donde, por un malentendido concepto de respeto o tolerancia, se pretende dar el mismo valor a la lechuga que al atún, y donde cualquier valoración disidente es vista con recelo. Necesitamos un pilar que nos sustente no solo a unos pocos, sino a todos.
La pregunta clave es: ¿Cómo podremos construir una casa común con perspectiva de futuro si no es sobre un mismo cimiento, sobre roca?
Debemos rescatar el término «tolerancia» y devolverle su significado arquitectónico y constructivo. En la construcción, tolerancia es la capacidad de fuerza para soportar un peso, permitiendo que el edificio no se derrumbe. Se trata de aunar, de crear puentes, de sobrellevar y resistir las diferencias para que el conjunto pueda funcionar y mantenerse en pie. No se trata de separar, sino de sumar fuerzas.
El factor SIZ: La receta de Harvard
Hace casi medio siglo, la Academia de Salud Mental de Harvard diagnosticó que la sociedad tenía una necesidad urgente de educarse en el Factor SIZ:
- Sencillez de vida.
- Ideales fuertes.
- Zelo (entusiasmo, pasión).
El camino para combatir el desenraizamiento es volver a ese pilar que soporta nuestra fe, nuestros ideales, y nuestras ansias de fraternidad. Solo así podremos reconstruir esa casa común.
La invitación de hoy es a la valentía: Volvamos al cimiento. Ánimo y adelante.

