Por qué dejamos de vivir el presente

La jornada comienza, pero nuestra mente ya está a 280 días de distancia. «Reserva ya tu crucero de verano», nos gritan los anuncios. Estamos a pocas semanas de que termine el año y la presión por planificar lo que ni siquiera está cerca es abrumadora. La sociedad del primer mundo ya no se permite vivir al día; vive para el mes siguiente o la temporada futura.

Esta es la tiranía de la anticipación. Transcurrimos el día pensando y preparando un futuro lejano. Si no tienes las compras de Navidad hechas en otoño, el marketing te dice que vas tarde. Nos hemos acostumbrado a adelantar tanto las cosas (el Black Friday, el Cyber Monday) que nos olvidamos de vivirlas cuando llegan.

La locura de «tenerlo todo atado»

Esta urgencia nos absorbe en una locura colectiva, llevándonos a olvidar, en cierto modo, el momento presente.

La presión no es planificar responsablemente (algo necesario como un viaje o una celebración), sino la de ser los primeros en tener algo, incluso si no lo disfrutamos. Es el simple hecho de tenerlo todo atado, sin darnos cuenta de que son esas mismas cuerdas las que nos están enredando. En el fondo, nos cuesta creer aquello tan evangélico de que «cada día tiene su afán».

La lección de la confianza total

Esta ansiedad por el futuro era ya una práctica habitual en el siglo I, lo que llevó a Cristo a hablar a sus seguidores de una confianza en Dios total e integral. Una confianza que se manifestaba en algo tan básico como el vestido, recordándonos que «los lirios del campo» son provistos sin su preocupación.

Desatar la vida y dejarla a manos de Dios es presentada como la fuente de las sorpresas y de la belleza inesperada.


Un Ejercicio Kamikaze por el «Hoy»

Ante la tentación de ser absorbidos por la prisa, se propone un ejercicio «kamikaze»: revisar qué es aquello en lo que realmente deberíamos enfocar la cabeza.

¿Cuál es el momento que hemos de vivir en realidad? Es el presente, el eterno presente que somos ante Dios y que es, en verdad, nuestra vida.

Esta actitud de vida se asemeja más a la entrega confiada de un niño con sus padres que a la entrega a medias que solemos vivir los adultos.

La reflexión final es una invitación a la acción consciente: hoy no voy a reservar mis vacaciones, sino mi tiempo para vivirlo, agradecerlo y darle sentido, conjugando sobre todo en presente.